Siempre tenemos miedo a que nos conozcan profundamente, hay lugares de nosotros mismos en los que nos sentimos desnudos, inmensamente vulnerables, y no nos gusta verlos expuestos. Milagrosamente hay seres capaces de colarse por los entresijos de la armadura diaria, entre el polvo y la sangre, propia y ajena, entre el sudor y el metal, y no sólo no encuentran esos lugares ajenos e inhóspitos, sino que los hacen su hogar, pasando a formar parte de ellos, haciéndonos más fuertes. Es francamente raro, pero ocurre. Generalmente me ha parecido un fenómeno incomprensible y en estos momentos no podía ser de otra forma, observo cómo alguien revuelve, registra, husmea, abre cajones, descoloca, pone las cosas a su gusto, se acomoda, parece que viene para quedarse, ya iba siendo hora de que esas habitaciones fueran ocupadas, se estaban instalando el frío y la desolación, únicamente restaba colocar esas púdicas sábanas blancas sobre los muebles para declararlas clausuradas. El sol entra ahora, y aunque fuera a veces llueve, no quiero cerrar las ventanas, que entre el aire tambien.
Inevitablemente pienso en que ha habido otros inquilinos, y en lo vacíos que se quedaron esos lugares cuando cogieron sus cosas y se fueron, en la sensación de haber sido saqueado, en lo difícil que es ir llenando de nuevo las estancias, poco a poco, celosamente, con las cortinas corridas para que nadie lo vea, pero afortunadamente hay quien no hace caso, ve algo de luz y se presenta sin avisar, sin ser invitado, incluso sin ser bien recibido, y resulta que es justo lo que necesitabas para sentirte de nuevo en ti mismo, en tu propio hogar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario