lunes, 18 de febrero de 2008

Había una vez...


En mi trabajo ser empática se hace casi imprescindible. Debes detectar las necesidades, intereses y problemas de el de enfrente y ofrecerles los caminos o pautas posibles. Esto en la teoría...en la práctica la mayoría de las veces la primera solución que se te viene a la cabeza es decir “mira, chavá, tú ya no tienes arreglo y si lo asumimos todos, seremos más felices”...pero claro, no me pagan precisamente por hundir al sujeto en cuestión.
En lo personal, ser empática trae alegrías y problemas...dentro de mi tragicomedia vivencial, es hasta divertido...o más que divertido, hace que la función continúe..que se cumpla aquella frase de “show must go on” (cantado así con voz de tenor).
Pero todas esas sensaciones hicieron que desde pequeña odiara el circo...de hecho, no sé dónde fui captando cómo era aquello..porque mi pobre madre desde que yo ya sabía andar (y fue algo tarde, eso sí...luego vino lo de no montar en bici) se empeñaba en llevarme (claro, todas las madres lo hacían) pero yo venga a llorar...que no, que no me gustaba.
Algunos sábados por la mañana ponían el circo en la tele..no los típicos payasos (que tampoco me caían nada bien, exceptuando a Emilio Aragón...le he tenido siempre una especial manía a esa familia...sobre todo a Rita Irasema y su tonto padre, con perdón)...si no un circo desconocido...tal vez en ese momento yo ya intuiría de qué iba la cosa...Siempre me parecía un lugar triste, sucio, abandonado, maloliente y sin ninguna gracia...y ya desde pequeña la empatía me comía..y me ponía a llorar como si yo misma fuera aquel payaso con cara de pena que luego se tiene que ir a dormir sin ni siquiera poder quitarse el maquillaje de la cara por falta de agua corriente...joder, como para no deprimirse.
Ahora con distancia y sin plantearme el tener que ir a un lugar como ese...puedo ver que también el circo es un reflejo de nuestra sociedad y de sus fenómenos, como por ejemplo la inmigración. Los motoristas intrépidos son ecuatorianos, los fabulosos trapecistas, coreanos, la valiente domadora, rumana, y el resto de la troupe, de casi todos los lugares del mundo, menos de España. Excepto un payaso, que habla poco, pero lo hace en nuestro idioma, con cierto ligero acento catalán. Supongo que mano de obra altamente cualificada y, sobre todo, barata. Ahora la vida del artista “es muy dura”, como siempre se ha dicho, especialmente por el desarraigo de su país, de su familia, de su propia hogar.
Nunca he sentido el embrujo del circo y mucho menos ahora, que ya a diario tenemos que intentar lidiar con gaticos y monetes.

3 comentarios:

Aqua Marcia dijo...

A mi tampoco me hace mucha gracia el circo. Es curioso que aquella familia de payasos de nuestra infancia, ahora tienen su propia productora. Los nuevos sacrificios vienen de la mano de inmigrantes (como bien dices). Como premio queremos crear un contrato, no para asegurar un empleo digno, sino para regular la inmigración...los "payasos" nos gobiernan...

Aguete dijo...

y por cierto...la excepción la hago con El Payaso de la Hora Chanante!...ese sí que me gusta, con su mala leche reconcentrá!!...

Aqua Marcia dijo...

De la chistera siempre sale la paloma,
cerré los ojos y estaba en Oklahoma.
Si tienes frío, te metes en el río...
está escrito en mi frente:estoy fatal de lo mío!